SOCOrRO y la r es de revista
- Paulo César Ramírez
- 2 days ago
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Para entender por qué hoy la literatura de género en México atraviesa un momento particularmente fértil, es necesario observar el mapa completo y reconocer sus capas. Este presente no surge de la nada. Durante años, proyectos fundamentales como Penumbria, con su incansable trabajo en torno al horror breve, o Espejo Humeante, que exploró la relación entre lo fantástico y la identidad cultural, mantuvieron vivo el impulso creativo cuando el circuito comercial parecía cerrado. Junto con muchas otras revistas independientes —impresas y digitales— sostuvieron un ecosistema que, aunque frágil, nunca dejó de producir ni de dialogar con sus lectores.
Lo que distingue al panorama actual no es una ruptura con ese pasado, sino una evolución hacia formas más estables y conscientes de profesionalización. Existen hoy múltiples revistas que continúan operando desde la experimentación, el espíritu fanzinero o la militancia cultural, y su labor sigue siendo indispensable. Sin embargo, en este texto nos detenemos en tres publicaciones que, desde enfoques distintos, han coincidido en un mismo punto: apostar por procesos editoriales formales y por la remuneración de sus colaboradores. No como gesto simbólico, sino como estructura. En ese cruce se encuentran Sofón, Colectivero y Rocambolesca.
Más que constituir un canon cerrado o definitivo, estas revistas representan un eje visible del momento actual, una muestra de hacia dónde puede dirigirse la literatura de lo insólito cuando se asume como trabajo, como objeto cultural cuidado y como experiencia para el lector.

Colectivero, bajo la gestión de Óscar González Cárdenas, fue una de las publicaciones que con mayor claridad rompió con la inercia del “amor al arte”. Al establecer esquemas de pago consistentes, redefinió la relación entre editor y autor, elevando también el nivel de exigencia. Para quien escribe, esto implica asumir que el texto no solo es expresión, sino oficio. Para quien lee, el resultado es una curaduría sólida y una identidad clara, reforzada además por su apuesta transmedia: el podcast amplía el alcance de los relatos y propone una experiencia sonora que dialoga con nuevas formas de consumo cultural.
En otra vertiente se encuentra Sofón, editada por Damián Neri, una revista que ha demostrado que la literatura de género puede ser también un objeto estético de alto nivel. Aquí, texto, ilustración y diseño no funcionan como adornos, sino como un sistema integrado. Para el lector, cada número se vive como una experiencia sensorial y coleccionable; para el autor, publicar en Sofón implica un proceso editorial riguroso, una lectura atenta y la certeza de que su trabajo será valorado tanto en lo económico como en lo artístico.
Por su parte, Rocambolesca, bajo la edición de Ari Pérez, ha consolidado un espacio dedicado a lo extraño, lo bizarro y lo inclasificable. Su propuesta no busca domesticar lo insólito, sino empujarlo hasta sus bordes. Para los escritores, es un territorio de riesgo y libertad, donde los textos que no encajan fácilmente en otras líneas editoriales encuentran un lugar legítimo y remunerado. Para los lectores, cada entrega es una invitación al asombro y a la ruptura de expectativas, una prueba de que la imaginación sigue siendo uno de los recursos más potentes de la literatura mexicana contemporánea.
Es importante subrayar que este enfoque no pretende eclipsar ni invalidar a otras revistas que continúan sosteniendo el género desde distintas trincheras. Al contrario: el valor de Sofón, Colectivero y Rocambolesca reside en que conviven con una pluralidad de propuestas y dialogan con una tradición viva. Su aporte específico ha sido demostrar que es posible combinar independencia editorial, pago justo, distribución real y una identidad estética definida.
Más que hablar de un nuevo canon, quizá sea más preciso hablar de un momento de articulación. Un punto en el que varias revistas han coincidido en prácticas que fortalecen al campo completo. Gracias a ello, hoy escribir y leer literatura de género en México ya no implica hacerlo “a pesar de” sus condiciones, sino con la conciencia de que se está construyendo —paso a paso— una industria cultural de la imaginación más digna, más visible y, sobre todo, más sostenible.
Escribo esto desde la experiencia de haber publicado de forma continua durante más de una década, de haber compilado antologías y de haber dirigido revistas. Sé lo que implica editar, leer textos ajenos con seriedad y sostener un proyecto más allá del entusiasmo inicial.
Por eso hablo desde la práctica.
Desde ahí, estas revistas no las veo como símbolos ni como modelos, sino como ejercicios concretos de edición funcionando en el presente. Hoy están ahí, sacando números, tomando decisiones y asumiendo las consecuencias. Eso, en este medio, no es poco.
Nota incómoda pero necesaria: publiqué en Sofón 2.
Lo menciono para no fingir neutralidades que no practico.



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